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sábado, 8 de febrero de 2014

El Congreso de la UNEAC y los petardos

 Por Jorge Ángel Hernández

La proximidad de un nuevo Congreso de la UNEAC despierta expectativas en la absoluta mayoría de sus miembros; en unos porque su sentido de pertenencia los lleva a contribuir para que su camino continúe, con aciertos y errores, como es natural en toda obra humana, contribuyendo a la cultura cubana y, con ello, al mejor destino de la nación; en otros, porque el grado de legitimación que otorga la organización les permite “arañar” determinadas prebendas y, en otros, porque nos hallamos en un momento imprescindible, difícil y crucial, a veces caótico y errático, de la actualización del modelo socialista cubano. Algunas de esas decisiones, por supuesto, pueden inclinar la balanza hacia una u otra dirección, proyectando tanto la continuidad como su ruptura definitiva. Son puntos de análisis impostergables que merecen abordajes serios, profundos y, sobre todo, ajenos a los eternos prejuicios que los patrones de juicio de la Guerra Fría dejan aun en el imaginario cultural de la ciudadanía.

La creciente apertura al respeto a la opinión ajena, impulsada desde la propia plataforma oficial del estado cubano, ramifica el espectro de criterios, según sean las expectativas y, sobre todo, las posibilidades de alcance de los exponentes.[1] No hay que olvidar que a través de la UNEAC, y de instituciones culturales, se han lanzado plataformas tan importantes como la de la lucha contra la discriminación racial que la tradición cultural reproduce aun a pesar de los nuevos contextos, o la que atañe a la diversidad sexual, tan artificialmente manipulada en el contexto de la globalización que une al siglo XX con el XXI, o incluso la de la democratización concreta de las relaciones entre la burocracia institucional y la sociedad civil.

Si se tiene en cuenta el shock que imprimió a la sociedad cubana el derrumbe del socialismo europeo, y la agudización de las limitaciones comerciales en medio de una crisis global estructural del sistema hegemónico, habremos de admitir que, pese a errores y limitaciones de perspectivas para su proyección futura, insisto, la UNEAC, como institución, se ha colocado en la avanzada de la transformación cubana y, muy importante, en el centro de la socialización de las ideas más polémicas, no solo en el ámbito político, sino también, y con mayor importancia, en el ámbito cultural de la ciudadanía. De sus abiertos, agudos y diversos debates, han brotado esenciales directivas de trabajo para la nación. Cualquiera que se aventure a confrontar los documentos detectará que hay derivaciones importantes de su trabajo en los derroteros programáticos, oficiales por tanto, del estado, y no precisamente a la inversa, como lo repite la incansable y bien financiada propaganda. Los artistas y escritores que, por mérito y decisión propias, a la UNEAC pertenecen, no se han limitado a defender sus estrechas parcelas creativas, lo cual indica hasta qué punto se ha logrado un pensamiento comprometido con el mejoramiento de la sociedad. Y ello se refleja también, con ritmos diversos, según se profundice en el tema, en los itinerarios del trabajo institucional de la organización.

Pero nada de esto, y de mucho más que para no pecar de exhaustivo dejo en el cajón de lo implícito, borra el efecto que ciertos patrones de oportunismo interesado imprimen al contexto de confrontación ideológica. Sobre todo aquel donde es posible hacer que la detonación de petardos aparentemente aislados suene claramente como un instrumento de campaña mediática contrarrevolucionaria, en el más semántico, y además teórico, sentido de este término.

Así he recibido en mi buzón personal de correo, al parecer producto de una de esas petardocomunes cadenas de reenvío, un llamado del barítono Ulises Aquino, cuya excelente voz he escuchado alguna que otra vez por la televisión cubana. El tono del petardo de Aquino es anodino, aunque pretende presentarse como valiente y revolucionario, incluso intentando combinar las retóricas extremas de la etapa de Guerra Fría: por una parte, injuria a la UNEAC, con una clara extensión a los aparatos burocráticos de estado y, sobre todo, al Partido rector de la política; en tanto por la otra, abunda en frases manidas y asertos desiderativos de la época del más vulgar realismo socialista.

Para cualquier especialista en las materias que instiga, desde la sociología política hasta la economía, los planteamientos de Aquino aparecen sin el menor fundamento y suenan como una catarsis de muy pequeño alcance: una cantaleta más de las que van a sumarse a las presiones ideológicas en el contexto de confrontación cubano. Pero, para alguien que reconoce, como especialista, las aristas y el contexto en que se inserta, sí se hacen evidentes ciertas intenciones con las que creo necesario polemizar.

Primero: oportunismo de campaña propagandística electoral ante un Congreso que, entre las reducciones financieras y la superpoblación de su membresía, va a dejar fuera a un numeroso grupo de delegados naturales y acaso imprescindibles para el buen debate, toda vez que, una simple búsqueda en Google, arroja que sus últimas noticias datan de un manipulado “escándalo”, por el cierre de un centro nocturno privado dentro de su proyecto «La ópera de la calle», siempre asistido por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, del Ministerio de Cultura, como se demostrara entonces.[2] Hay, por demás, en el petardo, varias alusiones a la elección de los delegados y directivos de la UNEAC.

Segundo: comunión abierta y elemental con el discurso de campaña mediática contrarrevolucionaria, al punto de equiparar el bloqueo estadounidense, que data de 1961 y ha sido una y otra vez condenado por la inmensa mayoría de las naciones de la ONU, con lo que considera bloqueo “desde dentro”, al que califica, por cierto, como “más criminal” que el estadounidense. Ni un estudiante de primer año de Psicología puede dejar de percibir el uso interesado de las simpatías, o sea, de la complicidad con esa acción criminal de quienes, al bloquear la nación, median para sus intereses los patrones de opinión.

Tercero: una retórica altamente politizada, y a la vez nula en sus valores cognoscitivos, que, en tanto predica como derrotero necesario la transformación revolucionaria, niega su posibilidad y la reduce a determinadas conductas de decencia ciudadana, contigua, sin proponérselo acaso, a la campaña por la recuperación y formación de valores que desde la educación se propaga en el país. Por ironía, ciertos esquematismos que ponen en peligro el éxito de la campaña educativa oficial, se reiteran en el petardo electoral de Aquino.

Cuarto: una ignorancia concreta del papel activo y las limitaciones de los aparatos burocráticos de estado. Como decir, buscándole alguna analogía musical aproximada, que Anita Cerquetti es mejor que María Callas porque se retiró temprano a la decencia de la vida doméstica, en tanto Pavaroti es superior a ambas porque unió su voz a cantantes como Tracy Chapman o el rapero Giovanotti. O sea, y como se ve, un sinsentido que, sin embargo, busca un determinado objetivo ideológico: el descrédito del estado y el Partido Comunista de Cuba que, según señala, son capaces de convertir en títere de fácil manipulación a instituciones como la UNEAC. Lo dice claro, aunque con muy poca altura.

Quinto: una confusión de puro arroz con mago entre lo que considera aspiraciones “nuestras” y “del estado”. La confusión, no obstante, no se queda en ello, sino que se transforma en ofensiva a costa de los individuos que pudieran estar implicados en ese proceso de indefensión que dice denunciar.

La lista podría extenderse, desde luego, pero lo básicamente importante, al menos desde mi perspectiva de intelectual que ha trabajado largo por la UNEAC, está en llamar la atención sobre la verdadera naturaleza, sea o no intencionada, de este tipo de asertos, donde la alocución se convierte, con intención marcada o no, en vocero de patrones de dominación cultural que el capitalismo bien ha sabido reproducir como si fuese producto del esfuerzo ante la libertad de opción y de expresión. Y lo más importante, no perder de vista la constante polémica que tanto el trabajo institucional, como el desarrollo individual de la obra de escritores y artistas necesita, incluido en ello, cómo no, el papel del estado, el Partido y, no olvidarlo, la sociedad civil, en el aprovechamiento y desarrollo de los bienes concretos que el sistema socialista cubano ha dejado durante su historia.

Si los debates previos al Congreso de la UNEAC, y su propia agenda de trabajo, se dejan secuestrar, en nombre de ciertos espejismos democráticos, por mecanismos y alegatos que sí son dóciles instrumentos de la hegemonía cultural, se pone en peligro el salto que la organización debe asumir. Aunque este es ya otro tema, y deberá ser tratado en su momento.

[1] Téngase en cuenta que el Proyecto de Lineamiento de la Política económica y social cubana fue una plataforma lanzada desde el sector estatal y partidista que resultó significativamente modificada en su proceso.

[2] Véase «La Ópera que nunca cerró», La Jiribilla, nro. 587, agosto de 2012, disponible en http://www.lajiribilla.cu/2012/n587_08/587_29.html


Tomado de http://ogunguerrero.wordpress.com/2014/02/08/el-congreso-de-la-uneac-y-los-petardos/#more-2429

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